En el norte de Quito, en el barrio La Bota, existe un ecosistema vivo que muchas veces pasa desapercibido, la quebrada San Antonio. Durante años, este espacio natural enfrentó acumulación de residuos, degradación ambiental y pérdida de conexión con la comunidad. Sin embargo, también guardaba un enorme potencial: biodiversidad, memoria territorial y personas dispuestas a cuidarlo.
Así nació y se fortaleció el proyecto Quebradas de Vida para La Bota, una iniciativa que buscó combinar conocimiento, participación y compromiso para la transformación de uno de los pocos espacios verdes del barrio.
Reconocer para proteger: la biodiversidad que habita la quebrada
Uno de los primeros pasos fue mirar la quebrada con otros ojos. Se realizó un levantamiento biológico junto a un experto que permitió identificar 70 registros de biodiversidad: 16 especies de aves, 1 reptil, 1 mamífero, 12 especies de insectos y 40 especies de flora.
Este hallazgo no solo evidenció el valor ecológico del lugar, sino que fortaleció algo aún más importante: la conciencia comunitaria de que este no es un espacio vacío, sino un ecosistema vivo que merece cuidado y respeto.



Recuperar el espacio: limpiar, restaurar y sembrar futuro
La transformación también fue tangible. A través de jornadas de limpieza, mantenimiento y trabajo en territorio se logró retirar 3,5 metros cúbicos de residuos y escombros, equivalentes a aproximadamente 1,05 toneladas de residuos extraídos del ecosistema.
Además, junto a vecinos y vecinas se realizó una limpieza comunitaria que permitió recuperar cerca de 60 kg de residuos mayoritariamente plásticos, evitando que siguieran contaminando la quebrada.
El proceso incluyó también la plantación de especies nativas, seleccionadas por su capacidad de estabilizar el suelo y aportar a la restauración ecológica, así como la instalación de letreros educativos sobre la fauna y flora local, que hoy invitan a cuidar y respetar el entorno.



Educación ambiental que deja huella
El proyecto apostó fuerte por la formación como motor de cambio. Se desarrollaron talleres de separación de residuos y empoderamiento comunitario, con entrega de puntos de separación y espacios de reflexión colectiva sobre liderazgo y corresponsabilidad ambiental.
También se trabajó con la escuela del sector, articulando con docentes para fortalecer su rol como multiplicadores de buenas prácticas en niñas, niños y familias.


Recicladores de base: actores clave de la transformación
El trabajo con recicladores de base fue un eje central del proyecto. Su experiencia en la gestión de residuos los convierten en actores clave para una gestión de residuos justa y sostenible.
Durante varios meses se realizaron recorridos conjuntos de recolección de residuos orgánicos y reciclables, fortaleciendo la articulación con la comunidad y visibilizando su labor. Este proceso no se detiene con el cierre del proyecto: las recolecciones continúan, consolidándose como una alternativa real para reducir residuos y fortalecer la gestión local.
Además, se realizó la entrega de herramientas de trabajo (carretilla, palas, botas, rastrillo, entre otras), contribuyendo a mejorar sus condiciones laborales y dignificar su labor.



Celebrar lo logrado: comunidad, arte y reconocimiento
El proceso cerró con un evento comunitario de clausura, donde la quebrada volvió a ser un espacio de encuentro. Hubo arte, circo social, música, refrigerios y, sobre todo, reconocimiento.
Se entregaron diplomas de participación y un reconocimiento (tote bags reutilizables para evitar los plásticos de un solo uso y productos locales) como agradecimiento a quienes fueron parte activa del proceso. Porque cuidar el territorio también merece celebrarse.



La experiencia en el barrio demuestra que la transformación ambiental no empieza con grandes infraestructuras, sino con algo mucho más poderoso: personas que deciden cuidar lo que es suyo. Quebradas de Vida para La Bota no solo recuperó un ecosistema urbano: sembró conciencia, fortaleció vínculos y abrió camino hacia una forma más justa y circular de relacionarnos con nuestros residuos y con la naturaleza.
Porque cuidar una quebrada es, en el fondo, cuidar la vida que nos sostiene.
